casa y después se había dejado caer por la chimenea de la cocina con una cuerda hecha con su ropa de cama cortada en tiras; y como el señor Pumblechook era muy tajante y arrollaba en su propio carro de dos ruedas a todo el mundo, se acordó que así debió de ser. El señor Wopsle, en verdad, exclamó con furia: «¡No!», con la endeble malicia de un hombre cansado; pero, como no tenía ninguna teoría ni llevaba chaqueta, fue unánimemente desestimado, por no mencionar que echaba una humareda intensa por la espalda mientras estaba de pie con las espaldas contra el fuego de la cocina para quitarse la humedad, lo cual no era precisamente propicio para inspirar confianza.
Esto fue todo lo que oí aquella noche antes de que mi hermana me asiera, como a una ofensa soporífera a la vista de la compañía, y me ayudara a subir a la cama con tanta firmeza que me parecía llevar cincuenta botas puestas y estar golpeándolas todas contra los cantos de la escalera.
Mi estado de ánimo, tal como lo he descrito, comenzó antes de levantarme por la mañana y perduró mucho después de que el asunto hubiera muerto y dejado de mencionarse, salvo en ocasiones excepcionales.