ceremoniosa de rendir homenaje a un santo patrón, pero creo que el Viejo Clem ocupaba esa posición con respecto a los herreros. Era una canción que imitaba el compás de los golpes sobre el hierro y constituía un mero pretexto lírico para la introducción del respetado nombre del Viejo Clem. Así, era algo como: ¡A martillar, muchachos, vamos —Viejo Clem! ¡Con golpe y son, demos —Viejo Clem! ¡A batir, a batir —Viejo Clem! ¡Con buen clinc, a reñir —Viejo Clem! ¡Sopla el fuego, aviva el fuego —Viejo Clem! ¡Cual rugiente y alto ruego —Viejo Clem! Un día, poco después de la aparición de la silla, la señorita Havisham me dijo de repente, con un movimiento impaciente de los dedos: «¡Vaya, vaya, vaya! ¡Canta!», y a mí se me escapó tararear esta cancioncilla mientras la empujaba por la habitación. Le llamó tanto la atención que empezó a canturrearla con voz baja y ensimismada, como si lo hiciera durmiendo. A partir de entonces, se convirtió en nuestra costumbre entonarla mientras nos movíamos por allí, y Estella solía unirse a menudo; aunque toda la melodía era tan apagada, incluso cuando éramos tres los que la entonábamos, que hacía menos ruido en la sombría y vieja casa que el más leve soplo de viento.
¿En qué podría haberme convertido con estos alrededores? ¿Cómo iba a dejar de influir en mí mi carácter? ¿Hay que extrañarse de que mis pensamientos estuvieran aturdidos, como mis ojos, al salir a la luz natural desde las neblinosas habitaciones amarillas?
Tal vez le habría contado a Joe lo del pálido joven caballero, si no me hubiera delatado antes con aquellas enormes invenciones que había confesado. Dadas las circunstancias, sentía que difícilmente Joe dejaría de ver en el pálido joven caballero a un pasajero idóneo para ser metido en el carruaje de terciopelo negro; por tanto, no le dije nada de él. Además, esa repugnancia a que se hablase de la señorita Havisham y de Estella, que me había acometido al principio, se volvió mucho más