quitado la alfombra, manteniendo la habitación siempre fresca y saludable día y noche. En mi propia mesa de escribir, arrinconada y atestada de botellitas, se sentó entonces Joe para acometer su gran obra, eligiendo primero una pluma del plumier como si fuera una caja de herramientas grandes, y remangándose los brazos como si fuera a esgrimir una palanca o un martillo pesado.
Era necesario que Joe se agarrase fuertemente a la mesa con el codo izquierdo, y que estirara bien la pierna derecha hacia atrás, antes de poder empezar; y cuando por fin empezó, hizo cada trazo hacia abajo con tanta lentitud que bien podría haber tenido seis pies de largo, mientras que en cada trazo hacia arriba podía oír su pluma salpicando profusamente.
Tenía la extraña ocurrencia de que el tintero estaba al lado suyo donde no estaba, y constantemente mojaba la pluma en el vacío, pareciendo quedar muy satisfecho con el resultado.
De vez en cuando tropezaba con algún escollo ortográfico; pero en conjunto se salió con la suya muy bien, de verdad; y cuando hubo firmado con su nombre y se hubo pasado una mancha de tinta del papel a la coronilla con los dos dedos índices, se levantó y rondó la mesa, probando el efecto de su obra desde varios puntos de vista, tal como yacía allí, con ilimitada satisfacción.
Para no inquietar a Joe hablando demasiado, aun si hubiera sido capaz de hablar mucho, pospuse preguntarle por la señorita Havisham hasta el día siguiente. Él sacudió la cabeza cuando entonces le pregunté si se había recuperado.
—¿Está muerta, Joe?