Ahora bien, en cuanto a este asunto del viejo Jeeves—mi criado, ya sabes—, ¿cómo estamos? Mucha gente cree que dependo demasiado de él. Mi tía Ágatha, de hecho, ha llegado incluso a llamarlo mi tutor. Bueno, lo que yo digo es: ¿Por qué no? El tipo es un genio. Del cuello para arriba no tiene rival. Dejé de intentar gestionar mis propios asuntos a la semana de que entrara a mi servicio. Eso fue hace unos seis años, justo después del bastante estrafalario asunto de Florence Craye, el libro de mi tío Willoughby y Edwin, el Boy Scout.
La cosa empezó de verdad cuando volví a Easeby, la finca de mi tío en Shropshire. Me pasaba por allí una semana más o menos, como solía hacer en verano; y había tenido que interrumpir la visita para volver a Londres a buscar un nuevo criado.
Había pillado a Meadowes, el tipo que me había llevado a Easeby, sisándome los calcetines de seda, algo que ningún tío con espíritu podía aguantar bajo ningún concepto. Resultando ser además que había rapiñado un montón de cosas más por aquí y por allá en la casa, me vi en la penosa obligación de darle puerta al pobre infeliz equivocado y marchar a Londres para pedirle a la agencia que me desenterrara otro espécimen para mi aprobación.
Me mandaron a Jeeves.
Siempre recordaré la mañana en que llegó. Daba la casualidad de que