con recelo. > Altivo y distante era su trato. Aún meditabundo por lo del
—Sí. Hasta los corvejones —dije, reprimiendo el orgullo de los Wooster e intentando inducirlo a ser un poco más colega—. ¿Has visto por aquí a una chica dando vueltas con un hermano vicario?
“¿Señorita Hemmingway, señor? Sí, señor”.
“La tía Ágatha quiere que me case con ella”.
—¿De veras, señor?
—¿Y bien, qué hay de eso?
“¿Señor?”
—Digo, ¿tiene usted algo que sugerir?
—No, señor.
El tono del infeliz era tan frío y poco amigable que apreté los dientes y me arriesgué a hacerme el despreocupado.
—¡Vaya, tralará! —dije.
—Exactamente, señor —dijo Jeeves.
Y eso fue, por decirlo de algún modo, todo.
Recuerdo—debe de haber sido cuando estaba