que hayan cambiado el trasto de sitio”.
“¡Hola!”
Y entonces hubo otra pequeña tregua. Y de repente me encontré junto a la ventana y, ¡caramba, estaba abierta seis pulgadas por abajo! Y el mundo de allá afuera se veía tan brillante y soleado y... Bueno, no pretendo ser un pensador especialmente rápido, pero una vez más algo pareció susurrarme: «¡Afuera para Bertram!». Deslicé los dedos con nonchalance por debajo del marco, di un buen tirón, y la muy condenada cedió. Y al momento siguiente estaba en medio de un laurel, sintiéndome como la cruz que señala el lugar donde ocurrió el accidente.
Una gran cara roja apareció en la ventana. Me levanté y fui