de aquello?”
—Eso es lo que no alcanzo a ver.
—Quiero decir que a Jeeves le importa un bledo qué clase de cara tengas tú.
—¡No! —dijo Cyril. Habló con cierta frialdad, me pareció. No sé por qué—. Bueno, ya me iré largando. ¡Hasta luego!
«¡Pip-pip!»
Debió de ser una semana más o menos después de este estrafalario episodio cuando George Caffyn me llamó por teléfono y me preguntó si me apetecería asistir a un ensayo general de su obra. Ask Dad, al parecer, se estrenaría fuera de la ciudad, en Schenectady, el lunes siguiente, y este iba a ser una especie de ensayo general preliminar. Un ensayo general preliminar, explicó el viejo George, era igual que uno regular en la medida en que tendía a parecerse a nada en este mundo y a prolongarse hasta altas horas de la madrugada, pero más emocionante porque no cronometrarían la pieza y, en consecuencia, todos los malditos indeseables que en estas ocasiones dan rienda suelta a sus iras tendrían margen de sobra para las interrupciones, con el resultado de que todos lo pasarían en grande.
El asunto se anunciaba para las ocho, así que me presenté a las diez y cuarto, para no tener que esperar demasiado antes de que empezaran. El desfile de modelos aún continuaba. George estaba en el escenario, hablando con un tipo en mangas de camisa y un tipo totalmente redondo,