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nydus/Jeeves StoriesPublic
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El toque metropolitano

habíamos atravesado el campo un rato, saltado un par deanqueles y ahora estábamos cruzando un campo que terminaba en otro camino.

—A veces trae a su hermanito a dar un paseo por aquí —explicó Bingo—. Pensé que nos la encontraríamos y haríamos una reverencia, y así podrías verla, ¿sabes?, y luego seguiríamos caminando.

—Por supuesto —dije—, es emoción suficiente para cualquiera y, sin duda, una recompensa cojonuda por caminar tres millas rodeando por campos arados con botas apretadas, pero ¿no hacemos nada más? ¿No nos pegamos a la chica y zumbamos con ella?

—¡Dios santo! —dijo Bingo, sinceramente asombrado—. ¿No creerás que tengo el valor necesario para eso, verdad? Me limito a mirarla desde lejos y todo eso. ¡Rápido! ¡Ahí viene! ¡No, me equivoqué!

Era como aquella canción de Harry Lauder en la que está esperando a la chica y dice: «Esta es e-e-ella. No, es un conejito». El joven Bingo me hizo quedarme allí de pie, a merced de un medio vendaval del nordeste durante diez minutos, teniéndome en tensión con una serie de falsas alarmas, y yo justo estaba pensando en sugerir que lo dejáramos y nos saltáramos el resto del asunto, cuando a la vuelta de la esquina apareció un fox terrier, y Bingo tembló como un álamo. Luego apareció en el horizonte un muchacho, y tembló como un flan. Finalmente, como una estrella cuya entrada ha sido preparada por el personal del conjunto, apareció una chica, y su emoción era dolorosa de presenciar. Su cara se puso tan roja que, entre el cuello blanco y

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