demonios podría explicarle, sin herir sus sentimientos, que la consideraba una de las tías más insoportables del mundo, cuando quién iba a salir tambaleándose del Devonshire Club sino el viejo Bittlesham y el propio Bingo. Me apresuré y los alcancé.
—¡Hola, chaval! —dije.
El resultado de este sencillo saludo fue algo parecido a una conmoción. El viejo Bittlesham se estremeció de pies a cabeza como un blanco marinado al que hubieran partido el cráneo. Tenía los ojos salidos de las órbitas y el rostro se le había vuelto de un tono verdoso.
—¡Señor Wooster! —Pareció recuperarse un poco, como si yo no fuera lo peor que le podía haber pasado—. Me ha dado usted un buen susto.
“¡Oh, perdón!”
—Mi tío —dijo el joven