la nota cuando la trajo. Somos viejos amigos.
Bingo registró dolor, angustia, rabia, desesperación y resentimiento.
“Bueno, todo lo que puedo decir —exclamó—, ¡es que tiene narices! ¡Predicar el sermón de otro! ¿A eso lo llamas honrado? ¿A eso lo llamas jugar limpio?”
—Bueno, viejo querido —dije—, sé justo. Está totalmente dentro de las reglas. Los clérigos lo hacen todo el tiempo. No se espera que siempre inventen los sermones que predican.
Jeeves volvió a toser y me clavó una mirada inexpresiva.
“Y en el caso presente, señor, si se me permite tomarme la libertad de hacer tal observación, creo que deberíamos ser indulgentes. Debemos recordar que conseguir este puesto de director lo