—dijo él.
—Lo que quiero decir es, ¿por qué no llevan cascos como los de Londres? ¿Por qué parecen carteros? No hay derecho con uno. Es de lo más desconcertante.
Yo me limitaba a estar de pie en la acera, mirando las cosas, cuando un tipo con pinta de cartero me dio un codazo en las costillas con una porra. No veía por qué tenía que haber carteros dándome codazos. ¿A qué diantres viene un tipo a tres mil millas para que le den codazos los carteros?
—Bien visto —dijo George—. ¿Qué hiciste?
“Le di un empujón, ¿sabe? Tengo un genio espantosamente impulsivo, ¿sabe? ¡Todos los Bassington-Bassington tienen un genio espantosamente impulsivo, no me diga que no! Y luego me arreó un puñetazo en el ojo y me arrastró a este lugar espantoso”.
—Yo lo arreglo, viejo amigo —le dije. Y saqué el fajo de billetes y me fui a abrir negociaciones, dejando a Cyril charlando con George.
No me importa admitir que estaba un poco inquieto. Tenía arrugas en la vieja frente y una especie de presentimiento. Mientras este pazguato se quedara en Nueva York, yo era responsable de él; y no me daba la impresión de ser la clase de tipo de la que a un muchacho sensato le importaría hacerse cargo durante más de unos tres minutos.
Medité con bastante tensión sobre Cyril aquella noche, al volver a casa y haberme traído