medio de un montón de regalos tan lujosos y caros que simplemente no tuve la jeta de aportar algo que me había costado la friolera de once peniques y medio; así que, con notable presencia de ánimo —porque los Woosters sabemos pensar rápido cuando la ocasión lo requiere—, arranqué la tarjeta de mi tío James de un aeroplano de juguete, puse la mía en su lugar y me metí en el bolsillo el chisme, que me llevé conmigo. Había estado rondando por mi apartamento desde entonces, y me pareció que había llegado el momento de ponerlo en circulación.
—¿Y bien? —dijo Biffy, con ansiedad, mientras yo hacía corvetas al entrar en su sala de estar.
El pobre viejo pájaro tenía bastante mala cara. Reconocía los síntomas. Yo mismo me había sentido muy parecido al esperar a que sir Roderick apareciera y almorzara conmigo. Cómo diablos las personas que tienen algún problema en los nervios pueden atreverse a charlar con ese hombre, no me lo imagino; y sin embargo, tiene la consulta más concurrida de Londres. Apenas pasa un día sin que tenga que sentarse sobre la cabeza de alguien y llamar al asistente para que traiga la camisa de fuerza; y su perspectiva de la vida se ha vuelto tan amarillenta debido a su constante trato con tipos que se arrancan la paja de los pelo, que estaba convencido de que a Biffy le bastaba con apretar el