en Inglaterra no me apetece lo más loable. Yo soy muy partidario de pensar a lo grande por el Imperio y echar una mano a las Colonias y todo eso; pero no puede ser. Al fin y al cabo —dijo Claude con sensatez—, Sudáfrica se las ha apañado muy bien sin mí hasta ahora, ¿así que por qué no iba a seguir
—¿Pero qué pasa con Van Alstyne, o como se llame? Él esperará que aparezcas.
«Oh, tendrá a Eustace. Con eso se conformará. Un muchacho muy sensato, Eustace. Probablemente termine siendo un magnate de algún tipo. Seguiré sus futuros progresos con considerable interés. Y ahora debes disculparme un momento, Bertie. Quiero ir a buscar a Jeeves y pedirle que me prepare uno de sus brebajes restauradores. Por alguna razón que no puedo explicar, esta mañana tengo un leve dolor de cabeza».
Y, créaseme o no, la puerta apenas se había cerrado a sus espaldas cuando entró Eustace de un soplo, con una cara de mañana radiante que me daba náuseas con solo mirarla.
—¡Oh, tía mía! —dije.
Eustace empezó a reírse bastante descaradamente.
—¡Trabajo fino, Bertie, trabajo fino! —dijo—. Lo siento por el pobre viejo Claude, pero no había otra alternativa. Logré eludir su vigilancia en Waterloo y me escapé zumbando en un taxi. Supongo que el pobre viejo imbécil estará preguntándose a dónde diablos habré ido a parar. Pero no se pudo evitar. Si