la Calle Cuarenta y Dos. Cualquiera le indicará el camino.
Jeeves negó con la cabeza.
—Perdone, señor. La gente ya no va a lo de Reigelheimer. El lugar del momento es Frolics on the Roof.
—¿Ves? —le dije a Rocky—. Déjalo en manos de Jeeves. Él sabe.
No es frecuente encontrar en este mundo a todo un grupo de semejantes felices; pero nuestro pequeño círculo era sin duda un ejemplo de que se puede lograr.
Estábamos rebosantes de energía. Todo salió a la perfección desde el principio.
Jeeves estaba feliz, en parte porque le encanta ejercitar su gigantesco cerebro, y en parte porque se lo estaba pasando pipa entre las luces de neón.
Lo vi una noche en los Midnight Revels. Estaba sentado a una mesa al borde de la pista de baile, dándose la gran vida con un puro grueso y una botella de la buena.
Jamás habría imaginado que pudiera parecerse tanto a un ser humano. Su rostro exhibía una expresión de austera benevolencia y estaba tomando notas en una libreta.
En cuanto al resto de nosotros, yo me sentía bastante bien, porque le tenía cariño al viejo Rocky y me alegra poder hacerle un favor. Rocky estaba perfectamente contento, porque todavía podía sentarse en las cercas en pijama y observar lombrices. Y, en cuanto a la tía, parecía encantada de la vida. Estaba recibiendo noticias de Broadway a bastante distancia, pero parecía estar dándole justo en el clavo. Leí una de