en mi sillón más grande como si se lo hubieran hecho a medida por encargo de alguien que supiera que ese año se llevaban los sillones ceñidos de caderas. Tenía los ojos claros y saltones, un montón de pelo rubio y, al hablar, enseñaba como unos cincuenta y siete dientes incisivos. Era de esas mujeres que como que te adormecen las facultades. Me hacía sentir como si tuviera diez años y me hubieran metido en el salón con la ropa de los domingos para dar las buenas tardes. En definitiva, no era ni mucho menos el tipo de percal que a un tiojo le apeteciera encontrarse en su salita antes de desayunar.
Motty, el hijo, rondaba los