no estaba. Me sentía desafiante, si sabes a lo que me refiero, y no parecía haber nada a qué desafiar.
—Está bien, pues —dije.
—Sí, señor.
Y luego se fue a recoger su equipo, mientras yo volvía a la carga con Types of Ethical Theory y le hincaba el diente a un capítulo titulado «Ética idiopsicológica».
Casi todo el trayecto en tren aquella tarde, estuve preguntándome qué diablos pasaría al otro extremo. Sencillamente, no lograba imaginar qué había podido ocurrir.
Easeby no era una de esas mansiones de campo de las que uno lee en las novelas de la alta sociedad, donde se atrae a las jóvenes para jugar al bacará y luego las despluman hasta quedarse con todas sus joyas y cosas por el estilo. El grupo que había dejado en la casa consistía enteramente en aves respetuosas de la ley como yo.
Además, mi tío no habría permitido nada de eso en su casa. Era un viejo bastante rígido y estricto, al que le gustaba la vida tranquila. Estaba a punto de terminar una historia de la familia o algo por el estilo, en la que llevaba trabajando el último año, y no salía mucho de la biblioteca. Era un buen ejemplo de lo que dicen sobre que es una buena idea que un tipo siembre sus primeros tropiezos. Me habían contado que, en su juventud, el tío Willoughby había sido un poco juerguista. Jamás