con cara de rodaballo se asomó por delante del telón, que había sido bajado tras una escena bastante penosa sobre un anillo mágico o la maldición de un hada o algo por el estilo, y comenzó a cantar aquella canción de Jorge Cosaquees de Arrimémonos. Ya saben a cuál me refiero. «¡Escuchen siempre a su madre, muchachas!», se llama, y hace que el público se una y cante el estribillo. Una balada bastante subidita de tono, y una que yo mismo he cantado con frecuencia en la bañera con no poca energía; pero de ningún modo —como cualquiera que no fuera un perfecto memo cabeza de alcornoque como el joven Bingo habría sabido— de ningún modo el tipo de cosa adecuada para una función navideña infantil en el viejo salón parroquial. Ya desde el inicio del primer estribillo, la mayor parte del público había empezado a ponerse rígida en sus asientos y a abanicarse, y la muchacha Burgess al piano acompañaba de un modo aturdido y mecánico, mientras el vicario a su lado desviaba la mirada con aire apesadumbrado. Los Duros, en cambio, estaban encantados.
Al final del segundo estribillo el muchacho se detuvo y comenzó a deslizarse de costado hacia las bambalinas. Acto seguido tuvo lugar el siguiente breve diálogo:
Young Bingo ( Voice heard off, ringing against the rafters ): “Go on!”
The Kid ( con coquetería ): “No me gusta”.
Young Bingo ( still louder ): “Go on, you little blighter, or I’ll slay you!”
Supongo que el muchacho lo pensó rápidamente y se dio