ocio. Hizo una pausa, y un brillo desagradable apareció en sus ojos—. ¿Tendrá esto en cuenta, Sipperley?
—Sí, señor —dijo Sippy.
—Le estoy muy agradecido, amigo mío —dijo el tipo, volviendo a mostrarse afable—. Debe perdonar que lo mencione. Sería la última persona en intentar dictar la —¡ajá!— política editorial, pero... Bueno, buenas tardes, Sipperley. Pasaré a buscar su decisión mañana a las tres en punto.
Él se retiró, dejando un vacío en el ambiente de unos diez por seis pies.
Cuando este se hubo cerrado, me incorporé.
—¿Qué fue eso? —dije.
Me sorprendió ver que el pobre viejo Sippy al parecer había perdido la chaveta. Se