encerrado a bordo de un barco con ese pesado me da sarpullido con solo pensarlo. No, ni una palabra a Eustace. Oye, supongo que podrás conseguirme un camarote sin problema con tan poco tiempo, ¿no?
—¡Y tanto! —dije—. Antes que dejar escapar esta oportunidad, habría comprado el maldito bote.
—Jeeves —le dije, entrando alegremente en la cocina—. Vaya a toda máquina a las oficinas de la Union-Castle y reserve un camarote en el barco de mañana para el señor Claude. Nos deja, Jeeves.
—Sí, señor.
“El señor Claude no desea que se le mencione nada de esto al señor Eustace”.
—No, señor. El señor Eustace puso la misma condición cuando me pidió que le consiguiera un camarote en