terminado”.
“Pero—¡oye!”
“¡Ni una palabra más!”
—¡Pero, Florence, viejo amigo!
“No deseo oír ni una palabra más. Veo ahora que tu tía Agatha tenía toda la razón. Considero que me he librado por los pelos. Hubo un tiempo en que creí que, con paciencia, se podría hacer algo decente de ti. ¡Veo ahora que eres un caso perdido!”
Y salió zumbando, dejándome a mí con el pastel de bodas en la cara.
Cuando hube recogido los escombros hasta cierto punto, fui a mi cuarto y llamé a Jeeves. Entró con cara de que no había pasado nada ni iba a pasar jamás. Era el tipo más tranquilo que pisaba la faz de la tierra.
—¡Jeeves! —grité—. ¡Jeeves, ese