no tan fuerte.
Y en el mismo instante el perro comenzó a ladrar.
Era un perro pequeño —el tipo de animal del que uno habría esperado un ruido parecido al chirrido de un lápiz de pizarra—, pero simplemente estaba aullando. Se había retirado a un rincón y estaba apoyado contra la pared con los ojos desorbitados; y cada dos segundos echaba la cabeza hacia atrás de una manera dolorosa y soltaba otro bramido tremendo.
Bueno, sé cuándo estoy vencido. Lo sentía por Bingo y lamentaba la necesidad de tener que decepcionarlo; pero sentía que había llegado el momento de abrirse. «¡Fuera Bertram!», esa era la consigna, y di un salto con carrerita hacia la