en el colegio de señoritas donde se educó la señorita Wickham, Jeeves, solía ser necesario de vez en cuando que el sector bien pensante de la comunidad le soltara su merecido a cierta calaña de lo más abyecto. ¿Sabe lo que hacían, Jeeves?».
—No, señor.
—Cogpieron un palo largo, Jeeves, y —sígame atentamente aquí— le ataron una aguja de zurcir al extremo. Luego, al filo de la madrugada, según parece, se deslizaron en secreto en el cubículo de la parte del segundo contrato y metieron la aguja entre la ropa de cama y le pincharon la bolsa de agua caliente. Las chicas son mucho más sutiles en estos asuntos que los chicos, Jeeves. En mi viejo colegio uno solía arrojar de vez en cuando un jarro de agua a otro tipo durante las horas de sueño, pero nunca se nos ocurrió lograr el mismo resultado de esta manera tan pulcra y científica. Bueno, Jeeves, ese fue el plan que la señorita Wickham sugirió que yo llevara a cabo con el joven Tuppy, ¡y esa es la chica a la que usted llama frívola y falta de seriedad! Cualquier chica que pueda idear una ocurrencia así es mi concepto de compañera ideal. Me alegrará, Jeeves, si para cuando me vaya a la cama esta noche tiene preparado para mí en esta habitación un buen palo grueso con una aguja de zurcir bien afilada atada.
“Pues, mire usted—”