con lo de los calcetines morados. Es este tipo de cosas las que envejecen a uno, ¿sabe?, y hacen que su juvenil joie de vivre flaquee un poco de las piernas.
En medio de todo esto llegó la carta de la tía Agatha. Le costó unas seis hacer justicia a los sentimientos del padre de Cyril respecto a que este se hiciera actor, y más o menos otras seis para darme una especie de croquis de lo que ella diría, pensaría y haría si yo no lo apartaba de influencias nocivas mientras estuviera en América. La carta llegó en el correo de la tarde y me dejó con la firme convicción de que no era algo que debiera guardarme. Ni siquiera esperé a tocar el timbre: salí pitando hacia la cocina, balando en busca de Jeeves, y me metí de lleno en una especie de merienda formal. Sentados a la mesa había un tipo de aspecto deprimido que bien podría haber sido un ayuda de cámara o algo así, y un muchacho con un traje Norfolk. El amigote del ayuda de cámara se estaba tomando un güisqui con soda, y el muchacho se estaba poniendo las botas de forma bastante grosera con un poco de mermelada y pastel.
—¡Vaya, Jeeves! —dije—. Perdón por interrumpir el festín de la razón y el fluir del alma y todo eso, pero...
At this juncture the small