Honorable intercalaba un golf espantoso, de los peores que he visto, con un torrente de conversación que, al menos para mí, se pasaba de la raya; y, a fin de cuentas, empezaba a sentirme bastante desgraciado cuando, una noche en que me hallaba en mi habitación poniéndome con desgana el esmoquin para la cena, entró furtivamente el joven Bingo y logró apartar mi mente de mis propias cuitas.
Porque cuando se trata de que un amigo está en un buen aprieto, los Wooster ya no pensamos en nosotros mismos; y que el pobre viejo Bingo estaba hasta el cuello en el lodo quedó claro con su mera apariencia, que era la de un gato al que acaban de dar con medio ladrillo y espera otro en breve.
—Bertie —dijo Bingo, tras sentarse en la cama y propagar un silencio melancólico durante un instante—, ¿cómo anda el cerebro de Jeeves hoy en día?
—Bastante fuerte de vuelo, me figuro. ¿Cómo anda la materia gris, Jeeves? ¿Circula con bastante libertad?
—Sí, señor.
—Damos gracias al cielo por eso —dijo el joven Bingo—, pues necesito de tus más sensatos consejos. A menos que la gente sensata tome medidas enérgicas a través de los canales adecuados, mi reputación va a quedar por los suelos.
—¿Qué te pasa, viejo?