vayas. Ya estamos terminando por hoy. Eso es todo por esta tarde —le dijo a la enfermera, que se levantó con el bebé y lo trasvasó a un carrito de niño que estaba en medio del paso.
—¿A la misma hora mañana, señor Corcoran?
“Sí, por favor.”
“Buenas tardes.”
“Buenas tardes.”
Corky se quedó allí, mirando la puerta, y luego se volvió hacia mí y empezó a desahogarse. Afortunadamente, parecía dar por sentado que yo lo sabía todo sobre lo que había pasado, así que no fue tan incómodo como podría haber sido.
—Es idea de mi tío —dijo—. Muriel aún no sabe nada. El retrato será una sorpresa para su cumpleaños. La enfermera saca al crío con la supuesta intención de tomar el aire, y se escapan para acá. Si quieres un ejemplo de la ironía del destino, Bertie, familiarízate con esto. ¡Este es el primer encargo que recibo en mi vida para pintar un retrato, y el modelo es ese panoli de huevo escalfado que se ha metido por medio y me ha birlado la herencia! ¡Se puede saber qué te parece! Me parece echar sal en la herida esperar que pase las tardes contemplando la fea cara de un mocoso que, a todos los efectos, me ha arreado un golpe con una cachiporra detrás de la oreja y me ha afanado todo lo que poseo. No puedo negarme a pintar el retrato porque, si lo hiciera, mi tío me cortaría la asignación; pero cada vez que alzo la vista y me topo con la mirada