más espantoso. La chica de mi lado se levantó del asiento, echó la cabeza hacia atrás y empezó a cantar también. Digo «también», pero en realidad no era también, porque su primera nota detuvo a Gussie en seco, como si lo hubieran partido de un hachazo.
Nunca me sentí tan condenadamente conspicuo en mi vida. Me acurruqué en mi asiento y deseé poder levantarme el cuello del abrigo. Todo el mundo parecía estar mirándome.
En medio de mi agonía alcancé a ver a Gussie.
Se había operado un cambio absoluto en el buen muchacho. Tenía un aspecto de lo más horriblemente entusiasmado. Debo decir que la chica cantaba rematadamente bien, y pareció surtir en Gussie el efecto de un tónico.
Cuando llegó al final del estribillo, él se sumó, lo cantaron juntos y el resultado fue que se retiró como héroe popular. El público pidió más a gritos, y solo se calmó cuando apagaron las luces y pusieron una película.
Cuando me hube recuperado, fui tambaleándome a ver a Gussie. Lo encontré sentado en un cajón detrás del escenario, con cara de haber visto visiones.
—¿A que es una maravilla, Bertie? —dijo con devoción. —No tenía la menor idea de que iba a estar ahí. Toca en el Auditorium esta semana, y justo debe de haber tenido tiempo de volver para su función de tarde. Se arriesgó a llegar tarde solo para venir a echarme una mano. Es mi ángel de la guarda, Bertie. Me salvó. Si no me hubiera ayudado, no sé qué habría pasado.