inauguró su carrera de vodevil el lunes siguiente en un local bastante extravagante de la zona norte donde ponían películas mudas a ratos y, entre medias, uno o dos números de vodevil. Había costado un trabajo minucioso ponerlo a punto. Parecía dar por sentados mi apoyo y mi ayuda, y yo no podía fallarle. Mi única esperanza, que fue creciendo a medida que lo escuchaba ensayar, era que fuera un fracaso tan espantoso en su debut que no se atreviera a actuar nunca más; y, como eso daría al traste automáticamente con el matrimonio, me pareció lo mejor dejar que la cosa siguiera adelante.
No quería correr ningún riesgo. El sábado y el domingo prácticamente vivimos en un cuartucho de música espantoso en las oficinas de los editores cuyas