muchacha, y vi que ahí era donde me tocaba entrar en acción como caballero andante.
—Puedes contar conmigo para todo ese tipo de cosas, Corky —le dije—. Encantado. Prosigue, Jeeves.
—Yo le sugeriría, señor, que el señor Corcoran aprovechara el apego del señor Worple por la ornitología.
—¿Cómo diablos sabías que le gustaban los pájaros?
“Es la forma en que están construidos estos apartamentos de Nueva York, señor. Muy distintos a nuestras casas en Londres. Los tabiques entre las habitaciones son de la índole más endeble. Sin intención de escuchar, a veces he oído al señor Corcoran expresarse con una generosa fuerza sobre el asunto que he mencionado”.
“¡Oh! ¿Y bien?”
“¿Por qué no ha de escribir la joven un pequeño volumen que podría titularse —digamos— El libro infantil de las aves americanas, y dedicárselo al señor Worple? Podría publicarse una edición limitada a expensas de usted, caballero, y gran parte del libro se consagraría, por supuesto, a observaciones elogiosas acerca del tratado más extenso del propio señor Worple sobre el mismo tema. Yo recomendaría el envío de un ejemplar de cortesía al señor Worple, inmediatamente después de su publicación, acompañado de una carta en la que la señorita pida que se le permita conocer a aquel a quien tanto debe. Esto, me figuro, produciría el resultado deseado, pero como digo, el gasto que entrañaría sería considerable”.
Me sentía como el dueño de un perro actor en un escenario de vodebián cuando el chucho acaba de clavar su número sin un solo fallo. Había apostado por Jeeves desde