Estaba tan nervioso que no sabía lo que hacía. Ahora que ya he pasado por la primera función, estaré bien.
Me alegraba haberle enviado aquel telegrama a su madre. Iba a necesitarla. El asunto se me había ido de las manos.
Durante la semana siguiente vi mucho al viejo Gussie, y me presentaron a la chica. También conocí a su padre, un viejo formidable, de cejas rápidas y una expresión como de tipo decidido.
El miércoles siguiente llegó la tía Julia. Mrs. Mannering-Phipps, mi tía Julia, es, creo yo, la persona más digna que conozco. Carece de la fuerza de la tía Agatha, pero de un modo silencioso siempre se ha ingeniado para hacerme sentir, desde que era un muchacho, que era un pobre gusano.
No es que me acose como la tía Agatha. La diferencia entre ambas es que la tía Agatha transmite la impresión de que me considera personalmente responsable de todo el pecado y el dolor del mundo, mientras que los modales de la tía Julia parecen sugerir que soy más digno de compasión que de censura.
A no ser porque el asunto es un hecho histórico, me inclinaría a creer que la tía Julia jamás había estado en el escenario de los vaudevilles. Es como una duquesa de opereta.
Siempre me da la impresión de estar en un estado perpetuo de estar a punto de ordenarle almayordomo que instruya al primer lacayo para que sirva el almuerzo en el salón azul con vistas a la terraza oeste. Exuda dignidad. Sin embargo,