mucho, o solo un poco?”
“Medio.”
“Muy bien. Ya me voy marchando, entonces”.
“Debería.”
Y nos alejamos.
Los tipos que entienden de toda esa clase de cosas —detectives y demás— te dirán que lo más difícil del mundo es hacer desaparecer el cadáver. Recuerdo que, de crío, tuve que aprender de memoria un poema sobre un pájaro llamado Eugene Aram, al que le costó Dios y ayuda este asunto. Todo lo que recuerdo de la poesía en sí es el fragmento que dice:
Tum-tum, tum-tum, tum-tumty-tum, ¡lo maté, tum-tum-tum!
Pero recuerdo que el pobre infeliz dedicaba gran parte de su valioso tiempo a arrojar el cadáver a estanques, enterrarlo y qué sé yo cuántas cosas más, para que luego volviera a aparecérsele.
Había pasado una hora más o menos desde que había metido el paquete en el cajón cuando me di cuenta de que me había metido yo solito en el mismo lío.
Florence había hablado de un modo despreocupado sobre destruir el manuscrito; pero a la hora de la verdad, ¿cómo demonios va a destruir uno una buena masa gruesa de papel en casa ajena a plenos mediados de verano? No podía pedir que me encendieran la chimenea en el dormitorio, con el termómetro rozando los treinta grados. Y si no quemaba el chisme, ¿de qué otra forma podía deshacerme de él? Los tipos en el campo de batalla se tragan los despachos para evitar que