para estar entre los presentes cuando el viejo llegara. Sabía por experiencia que estos transatlánticos atracan en el muelle a una hora endiabladamente intempestiva. No pasaba mucho de las nueve cuando hube terminado de vestirme, tomado el té de la mañana y me asomaba a la ventana para vigilar la calle en busca de Bicky y su tío. Era una de esas mañanas alegres y apacibles que hacen que un tipo deseara tener alma o algo por el estilo, y yo andaba meditando sobre la vida en general cuando me percaté de un jaleo del demonio que se traía abajo. Un taxi se habíía detenido, y un viejo con sombrero de copa se había bajado y estaba armando un escándalo espantoso por el importe de la carrera. Por lo que alcancé a distinguir, estaba intentando convencer al taxista de que aplicara las tarifas de Londres en lugar de las de Nueva York, y el taxista por lo visto nunca había oído hablar de Londres antes, ni parecía pensar gran cosa al respecto ahora. El viejo decía que en Londres el trayecto le habría costado ocho peniques; y el taxista decía que eso le importaba un bledo. Llamé a Jeeves.
“El duque ha llegado, Jeeves”.
«¿Sí, señor?»
“Ese debe ser él en la puerta”.
Jeeves estiró un brazo largo y abrió la puerta de la calle,