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nydus/Jeeves StoriesPublic
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Jeeves y el huésped indeseado

para ese tipo de cosas. Yo conocía a muchos muchachos por los rumbos de Washington Square que empezaban la noche como a las dos de la mañana —artistas, escritores y cosas por el estilo—, los cuales retozaban considerablemente hasta que la llegada de la leche matutina les ponía freno. Eso estaba bien. A ellos les gusta ese tipo de cosas por allá. Los vecinos no pueden conciliar el sueño a menos que haya alguien bailando danzas hawaianas sobre sus cabezas. Pero en la calle Cincuenta y siete el ambiente no era el idóneo, y cuando Motty aparecía a las tres de la mañana con un grupo de alegres muchachos que solo dejaban de cantar su canción universitaria cuando empezaban a cantar «El viejo cubo de roble», se notaba un marcado malhumor entre los veteranos residentes de los apartamentos. La administración se mostraba sumamente cortante por teléfono a la hora del desayuno, y costaba mucho apaciguarla.

A la noche siguiente volví a casa temprano, tras una solitaria cena en un sitio que había elegido porque parecía improbable que me encontrara con Motty allí. La sala de estar estaba a oscuras y me disponía a encender la luz cuando se oyó una especie de explosión y algo se me agarró al isopo del pantalón. Vivir con Motty me había dejado tan tocado que no pude con aquello ni por asomo. Pegué un brinco hacia atrás con un

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