que encajaba a la perfección con esta chica y su hermano. No parecían felices si se apartaban de mí. No podía dar un paso, caramba, sin que uno de ellos apareciera de alguna parte y se me pegara como una lapa. De hecho, ahora tenía la costumbre de retirarme a mi habitación cuando quería descansar un rato. Había conseguido arreglármelas para tener una suite bastante decente en la tercera planta, con vistas al paseo marítimo.
Me había refugiado en mi suite una tarde y por primera vez en todo el día sentía que la vida no era tan mala después de todo.
Durante todo el día, desde la hora del almuerzo, había tenido que cargar con la chica Hemmingway, ya que la tía Ágatha nos había mandado a pasear juntos inmediatamente después de la comida del mediodía.
El resultado fue que, al mirar hacia el paseo marítimo iluminado y ver a toda la gente correteando alegremente hacia la cena, el Casino y demás, me invadió una especie de sentimiento nostálgico. No pude evitar pensar en lo condenadamente feliz que habría conseguido ser en este lugar si tan solo la tía Ágatha y los otros pelmas hubiesen estado en otra parte.
Solté un suspiro y, en ese momento, llamaron a la puerta.
—Alguien a la puerta, Jeeves —dije.
—Sí, señor.
Abrió la puerta, y aparecieron Aline Hemmingway y su hermano. La última persona que me habría esperado. De verdad había pensado que podría estar a solas