argumento, pero había captado el hecho de que Cyril era una especie de noble inglés que había venido a América sin duda por los mejores motivos. Hasta el momento solo había tenido dos líneas que decir. Una era «¡Vaya, hombre!» y la otra era «¡Sí, caramba!»; pero me pareció recordar, tras haberle oído leer su papel, que muy pronto le tocaría lucirse bastante. Me recliné en mi silla y esperé a que apareciera.
Apareció de nuevo unos cinco minutos más tarde. Para entonces la cosa se había puesto un poco borrascosa. La Voz y el director de escena habían tenido otro de sus banquetes de amor—esta vez a cuenta de por qué los «blues» de Bill no daban la talla o algo por el estilo. Y, casi nada más terminar aquello, hubo un pequeño incidente desagradable porque una maceta se cayó del alféizar de una ventana y por poco le abre la cabeza al protagonista. El ambiente estaba consecuentemente bastante caldeado cuando Cyril, que había estado rondando por el fondo del escenario, avanzó con aire despreocupado hasta el centro y se puso en la raya de salida para su número más sustancioso de entretenimiento. La protagonista había estado diciendo algo—no me acuerdo el qué— y todo el coro, con Cyril a la cabeza, había empezado a arremolinarse a su alrededor de esa manera tan inquieta en la que esos tíos siempre lo hacen cuando