debes diez libras”.
—Bueno, qué se le va a hacer —dijo con un tono de resignación.
—Además, viejo amigo —dije—, lo hice todo por tu bien, ya sabes.
Me miró de un modo curioso y respiró con bastante fuerza durante unos instantes.
—Bertie —dijo—, un momento. Aguanto bastante, pero no pienso aguantar que se espere que esté agradecido.
Mirándolo en retrospectiva, me doy cuenta de que lo que me salvó de Colney Hatch en aquella crisis fue mi brillante idea de comprar casi todas las existencias de la confitería local.
A base de darle caramelos al crío prácticamente sin parar, conseguimos pasar el resto de aquel día bastante bien.
A las ocho se quedó dormido en una silla; y, tras desvestirlo desabotonando cada botón que teníamos a la vista y, donde no los había, tirando hasta que algo cedía, lo subimos a la cama.
Freddie se quedó mirando el montón de ropa en el suelo con una especie de arruga fatigada entre las cejas, y supe lo que estaba pensando. Desnudar al niño había sido sencillo —una mera cuestión de fuerza física—. ¿Pero cómo ibamos a volver a meterlo en su ropa? Removió el montón con el pie. Había un largo artilugio de lino que podría haber sido cualquier cosa. También una tira de franela rosa que no se parecía a nada en el mundo. Todo muy desagradable.
Pero por la mañana recordé que había