de una utilidad desesperada. Citando fragmentos de ese libro fue como logré convencerlo.
—Bueno, de nada sirvió cuando entramos en la habitación. Estaba sobre la mesa, y después de que habíamos empezado a charlar un poco y todo iba viento en popa, la mujercita lo vio.
—Oh, ¿ha leído esto, lord Bittlesham? —dijo.
—Ya tres veces —dijo mi tío.
—Me alegra tanto —dijo la mujercita.
—Vaya, ¿usted también es admiradora de Rosie M. Banks? —preguntó el viejo, radiante.
—¡Yo soy Rosie M. Banks! —dijo la mujercita.
“¡Oh, tía mía! ¿De verdad?”
“Sí.”
—Pero ¿cómo iba a serlo? Digo, rayos, si andaba arrojando vituallas en el