tiran como las dejan caer lánguidamente en la primera y segunda filas. Empecé a deducir que el asunto iba a ser tratado de un modo bastante distinto esta noche cuando un pedazo tremendo de pepitas y moho pasó zumbando junto a mi oreja y estalló contra la pared detrás de mí. Otro aterrizó con un chapoteo en el cuello de uno de los Notables de la tercera fila. Y entonces un tercero me dio de lleno en la punta de la nariz, y como que perdí el interés en el evento por un rato.
Cuando me hube fregado la cara y conseguido que el ojo dejara de llorarme por un momento, vi que el entretenimiento de la noche había empezado a parecerse a una de las noches más animadas de Belfast.
El aire estaba cargado de chillidos y fruta.
Los críos en el escenario, con Bingo zumbando distraído de aquí para allá entre ellos, se lo estaban pasando en grande. Supongo que se daban cuenta de que aquello no podía durar para siempre, y estaban aprovechando al máximo la ocasión.
Los Duros de Pelar habían empezado a recoger todas las naranjas que no habían reventado y las devolvían a tiros, de modo que el público las recibía tanto a la ida como a la vuelta.
De hecho, mirándolo bien, había un cierto grado de confusión; y, justo cuando las cosas empezaban de verdad a caldearse, se volvieron a apagar las luces.
Me pareció que ya era hora de marcharme, así que me deslicé hacia la puerta. Apenas había salido