no me quedan
—Triste, Jeeves, ¿verdad?
—Extremadamente, señor.
—¡Qué tristeza ni qué niño muerto! —dijo Rocky—. Es pura pereza. Fui a verla las Navidades pasadas y rebosaba salud. Su propio médico me dijo que no le pasaba absolutamente nada. Pero ella insiste en que es una inválida irremediable, así que él tiene que darle la razón. Se le ha metido en la cabeza que el viaje a Nueva York la mataría; así que, aunque toda su vida ha sido su ambición venir aquí, se queda donde está.
—Más o menos como el amigo cuyo corazón estaba «en las Tierras Altas persiguiendo al ciervo», ¿verdad, Jeeves?
—Los casos son en ciertos aspectos paralelos, caballero.
“Sigue adelante, Rocky, querido muchacho”.
“Así que he decidido que, si no puedo disfrutar de todas las maravillas de la ciudad por mí mismo, al menos puedo disfrutarlas a través de ti. Ayer se me ocurrió esto de repente, después de leer un hermoso poema en el periódico del domingo sobre un joven que había ansiado toda su vida cierta cosa y al final la consiguió solo cuando era demasiado viejo para disfrutarla. Fue muy triste y me conmovió”.
—Una cosa —interpeló Rocky con amargura—, que yo no he sido capaz de hacer en diez años.
“Como sabes, tendrás mi dinero cuando yo me haya ido; pero hasta ahora nunca he visto el modo de pasarte una asignación. Ahora he decidido hacerlo, con una sola condición. Le he escrito a