estirado como eso, no había nada que hacer. Mi idea había sido enseñarle el telegrama y pedirle consejo. Pero si iba a dejar que aquellos calcetines morados le escocieran hasta ese punto, la vieja y buena noblesse oblige de los Wooster no podía rebajarse a suplicarle al tipo. En absoluto. Así que pasé del tema.
“Nada más, gracias.”
“Buenas noches, señor”.
“Buenas noches.”
Se marchó flotando y me senté a pensarlo bien. Llevaba dedicando los mejores esfuerzos de la mollera al problema durante cosa de media hora, cuando sonó el timbre. Fui a la puerta, y allí estaba Cyril, con aspecto bastante alegre.
—Entraré un momento si me lo permite —dijo—. Tengo algo bastante invaluable que contarle.
Dio un bote y pasó junto a mí hacia la sala, y cuando llegué tras cerrar la puerta de la calle, lo encontré leyendo el telegrama de la tía Ágata y riéndose tontamente de un modo extraño. «Supongo que no debería haber mirado esto. Vi mi nombre y lo leí sin pensar. Oye, Wooster, viejo amigo de mi juventud, esto tiene su gracia. ¿Te importa que me tome una copa? Muchísimas gracias y todas esas chorradas. Sí, tiene bastante gracia, teniendo en cuenta a lo que venía a decirte. El simpático viejo Caffyn me ha dado un pequeño papel en esa comedia musical suya, Pregúntale a papá. Solo un numerito, ya sabes, pero bastante decente. ¡Me siento