gran jarrón de porcelana con dragones carmesíes. Y no solo dragones, sino también pájaros, perros, serpientes y un bicho que parecía un leopardo. Esta casa de fieras se hallaba ahora instalada en una repisa sobre la puerta de mi sala de estar.
Me gustaba el objeto. Era brillante y alegre. Atraía la mirada.
Y por eso, cuando Jeeves, haciendo una pequeña mueca de dolor, se había metido a hacer una crítica de arte totalmente gratuita, lo puse en su sitio con bastante brío.
Ne sutor ultra lo-que-sea, le habría dicho, si se me hubiera ocurrido.
Quiero decir, ¿dónde se ha visto que un ayuda de cámara censure jarrones? ¿Entra acaso dentro de su competencia criticar la porcelana del joven amo? Absolutamente no, y así se lo hice saber.
Todavía estaba bastante aburrido y mohíno cuando llegué a la oficina de The Mayfair Gazette, y me habría aliviado bastante desahogar mis penas con el viejo Sippy, quien, al ser un viejo y muy, muy querido amigote mío, sin duda lo habría entendido y simpatizado. Pero cuando el chaval de los recados me coló en el cuartucho interior donde el viejo se dedicaba a sus labores editoriales, lo encontré tan preocupado que no tuve el valor.
Todos estos tipos de editores, según tengo entendido, se