todo eso. Primero, el coro del pueblo apareció en tropel y cantó villancicos frente a la puerta principal, y luego alguien sugirió un baile, y después de eso nos quedamos por ahí charlando de esto y aquello, de modo que no fue hasta pasada la una cuando llegué a mi habitación. Teniendo todo en cuenta, no parecía que fuera a ser seguro emprender mi pequeña expedición hasta las dos y media como muy pronto; y debo confesar que solo la mayor de las determinaciones me impidió acurrucarme entre las sábanas y dar por terminada la jornada. Ya no soy muy amigo de trasnochar.
Sin embargo, a las dos y media todo parecía estar en silencio. Me quité de encima las brumas del sueño, agarré mi viejo y fiel par de bastón y aguja, y enfilé por el pasillo. Y al poco rato, deteniéndome ante la Habitación del Foso, giré el picaporte, comprobé que la puerta no estaba con llave y entré.
Supongo que a un ladrón —quiero decir, a un profesional de verdad que trabaja en el oficio seis noches a la semana durante todo el año— le pasa que encontrarse de pie en la oscuridad del dormitorio de otra persona no significa absolutamente nada para tipos como él. Pero para un pájaro como yo, que no tiene experiencia previa, hay mucho que decir a favor de mandar todo al diablo, cerrar la puerta con suavidad