pudiera necesitar. Son una lectura muy ligera y atractiva”.
“Bueno, vale la pena intentarlo.”
“Ciertamente le recomendaría el plan, señor”.
–Bueno, pues. Date una vuelta por casa de tu tía mañana y agénciate un par de las más maduras. No perdemos nada por intentarlo.
—Precisamente, señor.
Bingo informó tres días más tarde que Rosie M. Banks era lo máximo y, sin duda alguna, pata negra. El viejo Little había puesto algo de resistencia al principio ante el cambio propuesto de dieta literaria, ya que no era muy aficionado a la ficción y hasta entonces se habíaf aferrado exclusivamente a las revistas mensuales de más peso; pero Bingo le había colado el capítulo primero de «Todo por amor» antes de que se diera cuenta de lo que pasaba, y a partir de ahí no hubo nada que hacer. Desde entonces habían devorado Una roja, roja rosa de verano, La traviesa Myrtle y Únicamente una chica de fábrica, y ya iban por la mitad de El cortejo de lord Strathmorlick.
Bingo me contó todo esto con voz ronca mientras se tomaba un huevo batido con jerez. La única tacha en el asunto, desde su punto de vista, era que no le estaba haciendo ningún favor a sus queridas cuerdas vocales, que empezaban a dar señales de venirse abajo por el esfuerzo. Había estado buscando sus síntomas en un