todo al viejo Blumenfield, y comprende perfectamente mi postura. Por supuesto, le da pena perder mi puesto —dijo que no veía cómo iba a poder reemplazarme y todo ese tipo de cosas—, pero, después de todo, aunque lo meta en un buen lío, creo que hago bien en renunciar a mi papel, ¿no crees?”.
—Oh, por supuesto.
“Pensé que estarías de acuerdo conmigo. Bueno, ya debería irme. Me alegro muchísimo de haberte visto y toda esa sarta de chorradas. ¡Chimpún!”
“¡Adiós!”
Salió zumbando, tras haber soltado todas esas malditas mentiras con la mirada clara, azul y desorbitada de un niño pequeño. Llamé a Jeeves. Verás, desde anoche había estado exprimiendo la vieja mollera hasta cierto punto, y