interrumpir en ese momento—. ¿Cuál es la idea? ¿Dónde piensas hospedarte si te quedas en Londres?
—Pues aquí —dijo Eustace, sorprendido.
—¿Dónde si no? —dijo Claude, levantando las cejas.
—No te importará hospedaros con nosotros, ¿verdad, Bertie? —dijo Eustace.
—No un deportista como tú —dijo Claude.
—Pero, pedazos de imbéciles, ¿y si la tía Ágatha se entera de que los estoy escondiendo cuando deberíais estar en Sudáfrica? ¿Dónde quedo yo?
—¿De dónde se ha creído que sale? —le preguntó Claude a Eustace.
—Oh, supongo que se apañará de algún modo —dijo Eustace a Claude.
—Por supuesto —dijo Claude, sintiéndose mucho más animado—. Él se apañará.
—¡Y tanto! —dijo Eustace—. ¡Un tipo con tantos recursos como Bertie! Claro que sí.
—Y ahora —dijo Claude, aparcando el tema—, ¿qué hay de ese tentempié del que hablábamos hace un momento, Bertie? Eso que el bueno de Jeeves me ha descerrajado hace un rato me ha provocado lo que se podría llamar apetito. Algo así como media docena de chuletas y un pudin de pasta cumplirían con creces el requisito, creo yo.
Supongo que todo tipo en este mundo tiene periodos negros en su vida que no puede recordar sin una mirada fulminante y un silencioso estremecimiento. Algunos tíos, a juzgar por las novelas que se leen hoy en día, los tienen prácticamente todo el tiempo; pero, entre que disfruto de unos ingresos privados considerables y una digestión estupenda,