particularmente.
Quizá no fuera una réplica especialmente ingeniosa en cuanto a réplicas se refiere; pero bastó para demostrarme que aquello era poco más o menos el fin; y salí zumbando con el corazón destrozado.
Me dirigí al jardín, y que me parta un rayo si la primera persona que vi no fue al joven Bingo Little.
Bingo Little y yo hemos sido amigos prácticamente desde la cuna. Nacidos en el mismo pueblo con un par de días de diferencia, fuimos juntos al jardín de infancia, a Eton y a Oxford; y, ya entrados en años más maduros, hemos disfrutado en la vieja metrópoli de lo lindo y en mutua compañía de más de una juerga de primera categoría. Si había un tipo en el mundo, pensé, capaz de mitigar los horrores de esta maldita visita mía, ese fulano era el joven Bingo Little.
Pero cómo había llegado a estar allí era más de lo que yo podía comprender.
Algún tiempo antes, ya ves, se había casado con la célebre escritora Rosie M. Banks; y lo último que había sabido de él era que estaba a punto de acompañarla a América en una gira de conferencias.
Recordaba claramente que había estado maldiciendo bastante libremente porque el viaje significaba perderse Ascot.
Aun así, por raro que