tiene usted, Jeeves —le dije—, es que es usted demasiado... ¿cuál es la palabra que busco?... demasiado condenadamente insular. No se da cuenta de que no está en Piccadilly todo el tiempo. En un sitio como este se espera de usted un poco de colorido y un toque poético. ¡Vaya! Acabo de ver abajo a un tipo con un chaqué de terciopelo amarillo.
—No obstante, señor—
—Jeeves —dije con firmeza—, tengo la decisión tomada. Me siento un poco desanimado y necesito un poco de alegría. Además, ¿qué tiene de malo? Me parece que esta faja viene al caso. Considero que tiene un efecto bastante español. Un toque de hidalgo. Algo del estilo de Vicente y Blasco Cómo-se-llamaba. El viejo y alegre hidalgo rumbo a los toros.
—Muy bien, señor —dijo Jeeves con frialdad.
Un fastidio tremendo, esta clase de cosas. Si hay algo que me saca de quicio es la mala educación en el hogar; y ya veía que las relaciones iban a estar bastante tirantes durante un tiempo. Y, encima de la bomba que había soltado la tía Ágata sobre la chica Hemmingway, no me importa confesar que me hizo sentir más o menos como si nadie me quisiera.
El paseo en coche de aquella tarde fue tan aburrido como me había temido. El curita de turno parloteaba de esto y aquello; la chica admiraba el paisaje; y me entró un dolor de cabeza al principio de la excursión que me empezó en la