diccionario médico y creía que había contraído «faringitis del clérigo». Pero frente a esto había que sopesar el hecho de que estaba teniendo un éxito rotundo donde le interesaba y también que, después de la lectura vespertina, siempre se quedaba a cenar; y, por lo que me contó, las cenas que preparaba el cocinero del viejo Little había que probarlas para creerlas. Al viejo bribón se le saltaron las lágrimas cuando sacó el tema del consomé. Supongo que para un tipo que durante semanas se había estado alimentando de macarrones y limado aquello debió de ser como el Cielo.
Old Little no podía prestar ninguna ayuda práctica en estos banquetes, pero Bingo decía que se acercaba a la mesa y se tomaba su ración de arrurruz, y olfateaba los platos, y contaba historias de los entrées que había tomado en el pasado, y esbozaba proyectos sobre lo que le iba a hacer al menú en el futuro, cuando el doctor lo pusiera a punto; así que supongo que él también se divirtió, a su manera.
De todos modos, las cosas parecían marchar bastante bien, y Bingo dijo que se le había ocurrido una idea que, según él, iba a resolver el asunto. No quiso decirme cuál era, pero aseguró que era una auténtica joya.
—Hacemos progresos, Jeeves —dije.
—Eso es muy satisfactorio, señor.
“El señor Little me cuenta que,