mínimo encontrarla acurrucada en la jabonera.
“Extremadamente difícil, señor.”
—¡Maldita sea! ¿Tiene algún remedio que sugerir?
—En este momento no, señor. A la señorita Pringle se la ve claramente interesada en usted, señor. Esta mañana me estuvo haciendo preguntas sobre su modo de vida en Londres.
“¡Qué!”
—Sí, señor.
Miré al hombre con horror.
Un pensamiento espantoso me había asaltado.
Temblé como un álamo.
A la hora del almuerzo de aquel día había sucedido una cosa curiosa. Acabábamos de destrozar las chuletas, y yo estaba reclinado en mi silla, tomándome un pequeño respiro antes de que me tocara mi ración de pudín hervido, cuando, al levantar la vista por casualidad, pillé la mirada de la