la que, dejando a un lado cualquier otro compromiso, suelo soltarme un poco el pelo y renovar mi juventud perdida, por decirlo así. La noche a la que aludo es la que sigue al concurso acuático anual entre las universidades de Oxford y Cambridge —o, dicho de otro modo, la Noche de la Regata—. Es entonces, si es que alguna vez ocurre, cuando verán a Bertram bajo los efectos del alcohol. Y en esta ocasión, lo admito sin reservas, me había estado poniendo bastante alegre, con el resultado de que, cuando me topé con el viejo Sippy frente al Empire, me encontraba de lo más bonachón. Siendo este el caso, me partió el alma percatarme de que Sippy, por lo general el más jovial de los juerguistas, distaba mucho de ser su habitual solícito y soleado yo. Tenía el aire de un hombre con una pena secreta.
—Bertie —dijo, mientras caminábamos hacia Piccadilly Circus—, el corazón agobiado por el peso de la aflicción se aferra a la más débil de las esperanzas.
Sippy es escritor de profesión, aunque depende principalmente para subvenir a sus necesidades vitales de los subsidios de una tía anciana que vive en el campo, y su conversación suele adquirir un tinte literario.
—Pero el problema es que no tengo esperanza a la que aferrarme, ni débil ni de ninguna clase. Estoy acorralado, Bertie.
—¿De qué manera,