y rara vez antes de la una. Por constitución, el joven más holgazán y endiablado de América, había dado con una profesión que le permitía llegar al límite en esa dirección. Era poeta. Al menos, escribía poemas cuando hacía algo; pero la mayor parte del tiempo, según pude averiguar, se lo pasaba en una especie de trance. Una vez me dijo que podía pasarse horas enteras sentado en una cerca, observando una lombriz y preguntándose qué demonios se traía entre manos.
Tenía su plan de vida trazado hasta el último detalle. Más o menos una vez al mes se tiraba tres días escribiendo unos cuantos poemas; los otros trescientos veintinueve días del año descansaba. No sabía yo que hubiera suficiente dinero en la poesía como para mantener a un tipo, ni siquiera con el tren de vida de Rocky; pero parece que, si te mantienes a base de exhortaciones a los jóvenes para que lleven una vida enérgica y no metes rimas por ningún lado, los editores estadounidenses se matan por el material. Rocky me enseñó una de sus obras una vez. Comenzaba así:
¡Sé! ¡Sé! El pasado ha muerto. El mañana no ha nacido. ¡Sé hoy! ¡Hoy! ¡Sé con cada nervio, Con cada músculo, Con cada gota de tu sangre roja! ¡Sé!
Aparecía impreso frente a la portada de una revista, con una especie de cenefa alrededor y una imagen en el centro de un tipo medio desnudo, de músculos prominentes, haciéndole ojitos